La Evita Perón de mi revolución ni se llama Eva ni se apellida Perón.

Nació ocho meses antes que yo y se la llena la boca de verdades

sobre todo cuando salgo por peteneras sobre mis vanidades.

Siempre tiene la razón por más que me joda a veces,

más bien siempre sabe lo que es mejor para

y me lo recuerda no solo cada vez que me confundo o no hago lo correcto,

sino incluso antes ella sabe que la voy a cagar.

 

Por eso amo sus cualidades, aunque el pronto la pueda,

pero eso es lo que más me gusta que es sincera pese a quien pese.

Y de nuevo ella en cada movimiento que hago tal vez en falso por eso de las dudas,

la tengo en mente, escucho sus palabras sin tenerla delante,

siempre está y eso es algo que no puedo olvidar.

 

Porque a veces la vida pesa más que un mundo

y ella siempre está para recordar que no hay nada que pueda con nosotras,

solo hay que sacar fuerzas y luchar.

En el pasado, presente, futuro no me imagino sin ella porque es la persona que ha hecho de la vida la alegría de tenerla,

aunque a veces, la vida duela.

Su filosofía cualquier vudú la envidiaría.

Pero no solo por eso si no por muchas más cosas que no caben en un poema,

ni siquiera en un libro.

 

La Evita Perón de mi revolución ni se llama Eva ni se apellida Perón.

Se llama Julia Valle y es sangre de mi corazón.

 

(Este poema lo escribí un día que cumplía años y recordé que las piezas del puzle no siempre encajan si falta alguna, pero no por eso hay que dejar de intentar construirlo.)